El papel de la Diputada Elisa Carrió

A la líder de la Coalición Cívica puede caberle la vieja metáfora del tábano, capaz de clavar su aguijón para mantenernos en alerta.

No hay manera de mensurar con exactitud algunas impresiones que producen los protagonistas del gran espacio público del país. Podría tomarse el caso notorio de la diputada nacional Elisa Carrió. A partir de la certeza de que cuando habla suscita una fuerte repercusión ciudadana, después queda por ver cuántos ciudadanos comparten sus opiniones y cuántos otros no. Pero parecería fuera de duda que sus juicios representan, en el fondo, a un número de ciudadanos mayor que el de quienes sienten el impulso periódico de votarla.

Nadie, como la diputada Carrió, ha interpelado severamente en las últimas dos décadas a tantas figuras del escenario nacional. Lo ha hecho en general con el estilo apasionado que la distingue, que es peculiar de los seres que sienten la necesidad de expresar en voz alta lo que piensan, sin reservarse nada ni especular en demasía con las consecuencias secundarias de lo que digan. Es un estilo que en la vida cotidiana suele incomodar por el hábito dominante de que no alcanza con la verdad, porque ésta debe ser acompañada, a fin de lograr eficiencia plena, por el sentido de la oportunidad.

Esta activa legisladora actúa así de una manera absolutamente diferenciada de quienes callan en las situaciones más comprometidas o inclinan la cabeza con mansedumbre ante los poderes públicos. Se los ha visto a menudo aplaudiendo a rabiar en la Casa Rosada, en un largo y extenuante período de 12 años, discursos que no compartían, porque no satisfacían su sensibilidad, y muchas veces, ni siquiera sus intereses.

En realidad, Elisa Carrió ha asumido desde hace tiempo un papel por el cual, más que interpelar a algunos actores centrales de la política nacional, lo que ha hecho es sacudir moralmente a una sociedad más anestesiada de lo esperable en la reacción sobre la calidad de los gobiernos que la representan. Seguramente el filósofo Michel de Montaigne hubiera entendido a esta legisladora que no necesita de cargos formales para ser la líder natural de la Coalición Cívica, integrante del frente Cambiemos con el cual Mauricio Macri llegó a la Casa Rosada.

“¿De qué te fías -demanda el todavía influyente ensayista del siglo XVI a sus lectores para ver lo que es loable?” Mientras el lector barrunta una respuesta, Montaigne se adelanta con la siguiente observación: “Dios me guarde de ser hombre de bien según la descripción que veo hacer todos los días, para honrarse a sí mismos, a cada uno”.

No es común, desde luego, que alguien pida al Presidente desprenderse de amigos personales, en lo tocante a la función pública, cuando uno de ellos, sin ir más lejos, le es tan confiable como que fue quien pagó por su rescate en 1991 cuando había sido secuestrado por una banda de comisarios. Ese delito, uno de los más aberrantes tipificados en el Código Penal, y cometido por quienes paradójicamente habían sido entrenados toda una vida para proteger en su seguridad a los habitantes de este suelo, señala la eternidad en la cual se prolonga en el país una atmósfera de corrupción que alguna vez debe encararse con voluntad de punto final.

No es común que se le pida a un empresario de la construcción, como aquel amigo del Presidente, que se dedique a otra cosa que a las obras públicas, con las que ha hecho una fortuna, a fin de ayudar a Macri a conjugar la imagen de que no sólo es honrado, sino que también lo parece.

La diputada Carrió ha embestido también contra una segunda figura pública, el presidente de Boca Juniors, por considerarlo un lobbista profesional ante la Justicia, en el sentido de haber hecho un oficio de ese comportamiento regular que con razón se le imputa. Otros, sin decirlo, piensan de igual manera. El fiscal Federico Delgado ha tomado nota de los dichos de la legisladora y formulado en consecuencia una denuncia penal.

Transparencia Internacional, la agencia que lleva el ranking mundial de corrupción, situó a la Argentina, en 2015, en el puesto 107 sobre 168 países evaluados. Fue una posición menos honrosa que la lograda por Chile y Uruguay. No se obtienen lugares de mayor mérito de un día para otro, y no se disponen con facilidad medidas concretas de gobierno, como el dictado de la ley de acceso a la información pública de la cual nos privó el kirchnerismo, si el cambio no está en las mentes, en la sensibilidad de la piel del registro ciudadano, en los gestos, en las actitudes individuales y colectivas.

La vieja metáfora periodística del tábano, que clava su aguijón para mantenernos en alerta, cabe a la doctora Carrió. No es necesario estar de acuerdo con ese estilo, en el cual prevalecen la vehemencia y la espontaneidad impulsiva, pero no puede juzgárselo críticamente si se ignora el grado de valentía y decencia de quien lo encarna. ¿Acaso sobra esta clase de figuras?

El tiempo ha hecho que a veces ella misma acortara distancias con personajes a los que había marcado con duras recriminaciones. Lo que corresponde a la sociedad ante personalidades tan singulares como Elisa Carrió es hacer un inventario de los logros de su presencia de más de veinte años en el primer plano de la política argentina y preguntarse cuántos más habrían podido personificar su desempeño no sólo por la fuerza del contagio, sino porque para asumir su misma condición se exigen las virtudes implícitas en la reconvención de un pensador de cinco siglos atrás: “¿De quién te fías para ver lo que es loable?”.

Fuente: La Nación.

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